El Mercado de Jamaica, ahà donde la memoria florece
- MMMESA
- 2 nov 2025
- 4 min de lectura
Actualizado: 10 nov 2025
En el Mercado de Jamaica, la vida y la muerte se encuentran entre montones de cempasúchil, pan de muerto y risas que regresan a casa.
PodrÃa decir que el DÃa de Muertos en México es una de las pocas celebraciones verdaderamente universales. En mi caso, es la única fecha inamovible del año: la que reservo, sin dudar, para estar con mi familia.
Este dÃa tiene algo que me exige presencia. Es imposible evitar que la memoria se encienda. Recordamos a quienes se fueron con una naturalidad que ninguna otra fecha consigue. Cocinamos una comida especial, llena de los platillos que ellos disfrutaban en vida. En casa preparamos tamales, compramos pastel (el cumpleaños de mi abuela era el 1 de noviembre) y, entre risas, aromas y conversaciones sobre todo y nada, sentimos que algo de ella vuelve a estar aquÃ.
El altar es el corazón de la celebración. Representa la continuidad además de la memoria: una forma de invitar a los que ya no están a compartir de nuevo la casa, la mesa y la vida. Cada objeto tiene su propio peso simbólico. Elegir una fotografÃa, encender una vela, cortar las flores o colocar el pan sobre el mantel son formas de volver a mirar a quienes amamos. En ese sencillo acto doméstico ocurre algo poderosÃsimo: somos capaces de hacer una pausa, reconciliarnos con el pasado y con la muerte, y sentarnos a la mesa con ellos.
La temporada de muertos marca un umbral. El aire cambia, la luz se apaga un poco antes y una atmósfera casi invisible parece invitar a la introspección. Es un recordatorio sutil de que otro ciclo llega a su fin, y que no hay mejor forma de cerrarlo que celebrando a quienes amamos y ya no están, pero que, de algún modo, siguen entre nosotros.
En este tejido de gestos y memorias aparece un personaje esencial: el Mercado de Jamaica. Durante estos dÃas se transforma en un escenario vibrante donde se cruzan flores, frutas, papel picado, calaveras de azúcar y miradas que se encuentran entre desconocidos con un propósito compartido: honrar a alguien. Las montañas de cempasúchil iluminan la penumbra de los pasillos, inundados por su aroma inconfundible.
Caminar por Jamaica en esta época es un acto de pertenencia. No se va solo a comprar flores, sino a reconectarse con algo más profundo. Surge una red invisible que enlaza a los vivos con los muertos a través de la memoria y el ritual. Entre las flores más emblemáticas aparecen también las calabazas, desde la tradicional de castilla hasta las variedades americanas que ya forman parte del paisaje visual de estos dÃas.
Entre el bullicio y la energÃa de la temporada, el mercado mantiene su propio ritmo. Algunos puestos ajustan su oferta para acompañar la festividad, otros siguen con su rutina diaria. Esa convivencia entre lo cotidiano y lo extraordinario define a Jamaica, un lugar vivo donde la tradición se amplÃa sin perder su esencia.
En estos dÃas, los puestos que antes ofrecÃan chiles secos suman calaveras de azúcar y figuras de papel maché, los tlachichis y los incensarios se mezclan con frutas de temporada. Arcos y guÃas de papel de china naranja cubren los locales sin borrar las texturas habituales del mercado. El aire reúne guayaba, piloncillo, leña y carbón, mientras los dulces tradicionales, calabaza en tacha y camote enmielado, conviven con vendedores de agave cocido que recorren los pasillos con una sonrisa.
En el estacionamiento, camionetas repletas de flores llegan desde Atlixco, Tlaxcala, el Estado de México, Tláhuac y los canales de Xochimilco para la tradicional romerÃa. Durante una semana, transforman la escenografÃa cotidiana: los puestos se extienden, los pasillos se estrechan y miles de personas buscan el detalle que dará vida a su ofrenda. Fuera de los pasillos, las estructuras tubulares alineadas una junto a otra modifican el paisaje urbano del mercado.
Entre alfeñiques de pasta de azúcar decorados con pinturas fluorescentes, incensarios, portavelas y tlachichis de barro, aparecen papeles picados cortados con láser, disfraces y maquillaje inspirados en el Halloween global. En algunos puestos se imprimen fotos al instante. Todo ocurre en simultáneo, como una extensión natural de la vida diaria que encuentra en la festividad su ritmo más visible.
En medio de todo, destaca el ingenio mexicano: en apenas ocho metros cuadrados, una panaderÃa completa se instala con hornos, mesas de trabajo y anaqueles repletos de ánimas oaxaqueñas y pan de muerto cubierto de azúcar y canela.
Aun con todos estos movimientos, la sinergia entre el mercado fijo y los puestos ambulantes fluye con naturalidad. Nada interrumpe su ritmo cotidiano: Lucy sigue amasando y preparando gorditas, tlacoyos y quesadillas; Gaby continúa sirviendo tacos de chorizo verde y cecina; Óscar y su equipo ofrecen fruta y miel con la misma alegrÃa, y Marisol llena de color su puesto de productos del huerto. El mercado sigue siendo el mismo y distinto a la vez, un lugar que se renueva sin dejar de ser familiar, siempre dispuesto a invitarnos a recorrerlo y perdernos en sus pasillos.
Cuando la temporada de muertos se acerca a su fin, el mercado sigue despierto. Las flores pierden intensidad, el cempasúchil deja un rastro amarillo sobre el suelo húmedo y el aroma del copal se mezcla con el de la fruta fresca. Los pasillos recuperan su ritmo habitual, pero en el aire queda una calma luminosa, una memoria reciente. Cada persona que cruza sus puertas lleva consigo un fragmento de ese tránsito entre la vida y la muerte. Jamaica permanece viva, atenta, esperando la próxima temporada en que volverá a mutar y recibir a los nuevos marchantes.


































































